viernes, 7 de agosto de 2009

La oración del torero de Joaquín Turina



Originalmente era un cuarteto para laudes, pero dicha partitura se perdió durante cincuenta años, reencontrándose en 1981, y sólo se mantuvo una versión para cuerdas posterior, que por dicha razón es que
sea más conocida la versión de cuerda de la de laudes.

Como no podía faltar es una pieza intimista, con ese fondo racial tan propio de los compositores españoles de aquella época, todo acorde al título, cuando el torero, antes de salir al ruedo, se arrodilla ante todas sus estampas de Jesús, Vírgenes y Santos y ora, porque quién no tenga miedo ante un morlaco de más de quinientos kilos, no es que sea un mal torero, es que es gilipollas y tiene muchas papeletas para irse al otro barrio.

Pero mejor que esto se exprese en palabras del propio Joaquín Turina:
"Aquel rumor incendiado por la luz de la tarde, realizado por la música de pasodobles y el grito de los clarines me sugestionaba. Yo había sentido muchas veces la tentación de traducir en música toda la impresión que en mí producía la voz múltiple de la fiesta, pero también me atraían los aspectos profundos y sugestivos de la emoción religiosa popular y sobre todo andaluza. Una tarde de toros en la Plaza de Madrid, aquella plaza vieja, armónica y graciosa, vi mi obra. Yo estaba en el patio de caballos, allí tras una puerta pequeñita estaba la capilla llena de unción, donde venían a rezar los toreros un momento antes de enfrentarse con la muerte. Se me ofreció entonces en toda su plenitud aquel contraste subjetivamente musical y expresivo, de la algarabía lejana de la plaza, del público que esperaba la fiesta, con la unción de los que ante aquel altar pobre y lleno de entrañable poesía venían a rogar a Dios por su vida, acaso por su alma, por su dolor, por la ilusión y por la esperanza que acaso iban a dejar para siempre, dentro de unos instantes, en aquel ruedo lleno de música y de sol".

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